Conceptos Logosóficos

Debemos advertir que algunos términos y conceptos referidos por Logosofía, poseen un contenido substancialmente diferente del habitual, por tratarse justamente, de una nueva línea de conocimientos que no guarda relación alguna con lo expresado por filósofos, pensadores u otras ciencias, incluso la psicología, tanto de antaño como de hogaño.

La explicación de los mismos se encuentra plasmada en los libros del autor, que pueden ser consultados en las principales bibliotecas de cada país. Más abajo detallamos algunos.

La formación consciente de la individualidad no puede llevarse a buen término si antes no se plantea frente a la propia razón la necesidad impostergable de promover una franca revisión de conceptos. De esta manera se podrá hacer un examen detenido de los mismos y de sus fundamentos, si los hubiere; en qué se basan y por qué se los ha admitido.

Para ilustrar esto, presentamos a continuación párrafos extraídos de la bibliografía logosófica sobre algunos de los principales conceptos abordados por el conocimiento logosófico, bajo la óptica de su original concepción. No obstante, reiteramos la sugerencia de que el lector busque mayor información en la bibliografía logosófica si desea comprender de forma más amplia estos conceptos, ya que un conocimiento de tan vastos alcances difícilmente podría ser resumido en pocas palabras.

Los párrafos presentados debajo fueron extraídos de los libros: “Curso de Iniciación Logosófica”, “Exégesis Logosófica”, “Logosofía. Ciencia y Método”, “El Mecanismo de la Vida Consciente”, y “El Espíritu”.

La Evolución Consciente

Al referirse al proceso de evolución consciente, la Logosofía señala el camino que lleva a penetrar en los secretos de la propia vida psicológica, mental y espiritual, que empieza en el momento en el que el ser, por propia voluntad, decide retomar el hilo de su existencia, dejando de vivir una vida rutinaria e intrascendente. Constituye una nueva dimensión de vida; el encuentro con su ser individual.

¿No evolucionan acaso conscientemente todos los seres que se preocupan por mejorar su situación física y espiritual? La Logosofía responde que esto no es más que un buceo en la superficie.

La evolución consciente comienza, en nuestro concepto, con el proceso que conduce al hombre al conocimiento de sí mismo. Estamos hablando de la evolución activa, fecunda y positiva; no de la lenta y pasiva, que arrastra a los seres humanos hacia un destino común.

La evolución que se efectúa a través del tiempo que supone la existencia del hombre, sin la verificación personal de cada uno de los movimientos que logra efectuar el espíritu con relación al grado de conocimiento en que se encontraba al enfrentar la vida, es monótona y enormemente demorada en su avance. Ésta es la evolución inconsciente, que conduce a los seres a un destino intrascendente.

El proceso de evolución inconsciente cesa por expresa voluntad del mismo ser, al comenzar éste el proceso de evolución consciente auspiciado, estimulado y sostenido por el auxilio constante de la enseñanza logosófica. La evolución consciente implica cambiar de estado, de modalidad y de carácter, conquistando calidades superiores que culminan con la anulación de las viejas tendencias y con el nacimiento de una nueva genialidad.

El proceso que ella conduce es el camino de la superación humana por el conocimiento, que amplía la vida, ensancha los horizontes y fortalece el espíritu llenándolo de felicidad.

Sólo conociendo nuestra organización psicológica y mental podremos dirigir con acierto nuestro proceso de evolución. El esfuerzo en la intensificación de ese conocimiento nos conducirá al mejor aprovechamiento de las energías y en la agudización de nuestra percepción interna, ya que ningún aspecto o detalle de la vida interior habrá de pasar inadvertido a la observación perseverante y consciente. Esto nos ayudará a perfeccionar todo lo que haya de perfeccionable en nosotros, lo cual implicará, además de un mayor acopio de conocimientos, un avance real en la evolución.

En una palabra, la Ley Universal de Evolución nos permitirá superar al máximo los medios para realizar en el menor tiempo posible el gran proceso consciente de la vida.

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Creer y Saber

La Logosofía ha instituido como principio que la palabra “creer”, debe ser reemplazada por la palabra “saber”, porque sabiendo, no creyendo, es como el hombre alcanza a ser verdaderamente consciente del gobierno de su vida, es decir, de lo que piensa y hace.

La creencia puede enseñorearse en la ignorancia, pero es inadmisible en toda persona inteligente que sinceramente anhele el conocimiento de la verdad. Las gentes de cortos alcances mentales son propensas a la credulidad, porque nadie las ha ilustrado debidamente sobre los beneficios que representa para sus vidas el hecho de pensar y sobre todo, de saber.

Nadie podría sostener jamás, so pena de que se lo tenga por desequilibrado, que haya que privar al hombre de conocimientos para que sea feliz. Sin saber a ciencia cierta lo que la vida y su destino le exigen saber, ¿cómo podrá cumplir su cometido de ser racional y libre? ¿Cómo podrá satisfacer las angustiosas ansias de su espíritu, si se lo priva de la única posibilidad de colmarlas, o sea, de las fuentes del saber?

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Los Pensamientos

¿Cómo ser dueño de la propia vida si desconocemos qué pensamientos tenemos en nuestro mundo interno? ¿Si confundimos pensamientos con mente, voluntad, entendimiento, cerebro? La Logosofía presenta a los pensamientos como entidades que viven en la mente o fuera de ella y que pueden alcanzar vida propia, evidenciándose en el momento en que se manifiestan.

¿Qué importancia atribuye Ud. al pensamiento dentro de su vida? ¿Ha pensado que el hombre puede ser feliz o desdichado según sean sus pensamientos? ¿Que si opta por los mejores tendrá ventura y se ahorrará muchos padecimientos, y si elige los peores, su vida se tornará amarga? ¿Cree Ud. imposible poder diferenciar unos de otros? Para el logósofo, no sólo es posible, sino que constituye la prerrogativa más grande que pueda tener el ser humano.

Corrientemente se confunde pensamiento con mente, entendimiento, función de pensar, cerebro, razón y hasta voluntad, haciendo de cada uno de estos vocablos un término común que los entremezcla como si se tratara de una sola y misma cosa. La Logosofía ha hecho una discriminación precisa de tales términos señalando así la diferencia entre la mente y cada una de las facultades en sus respectivas funciones.

La ciencia logosófica, al exponer sus conocimientos, presenta como uno de los más transcendentales y de vital importancia para el hombre, el que se refiere a los pensamientos. Afirma que son entidades psicológicas que se generan en la mente humana, donde se desarrollan y aun alcanzan vida propia. Enseña a conocerlos, identificarlos, seleccionarlos y utilizarlos con lucidez y acierto. Los pensamientos, pese a su inmaterialidad, son tan visibles y tangibles como si fueran de naturaleza corpórea, ya que, si a un ser u objeto de esta última manifestación es posible verlo con los ojos palparlo con las manos físicas, a los pensamientos se los puede ver con los ojos de la inteligencia y palpar con las manos del entendimiento, capaces de comprobar plenamente su realidad subjetiva.

Tratándose de entidades animadas autónomas, que tan pronto pueden estar en una mente como en otra, el logósofo aprende a diferenciar los propios de los ajenos; a rechazar los malos y a quedarse con los buenos. Pero no ha de creerse que esa selección sea tan fácil ni que se logre sólo con quererlo: hay pensamientos que son poco menos que dueños de la vida, y el hombre se supedita a ellos mansamente, pues suelen ser más fuertes que su voluntad.

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Las Leyes Universales

Son las leyes naturales que rigen todo el universo visible e invisible, manteniendo el equilibrio, la armonía y ordenando y disciplinando todo lo creado. Establecen relaciones de correspondencia, de causa y efecto, prescribiendo normas de conducta elevada en sucesivas etapas de perfeccionamiento.

Las leyes sobre las cuales la ciencia oficial fundamenta sus investigaciones y descubrimientos surgieron de la necesidad de ordenar lo concerniente al comportamiento de la actividad material o física del organismo biológico humano y de los procesos de todo orden comprendidos en la naturaleza, sujetos a la comprobación. Nada nos dicen respecto a las prerrogativas conscientes del hombre, ni a la evolución de sus posibilidades de alcanzar las altas esferas del espíritu.

Las leyes universales, sobre cuyos cometidos informa la Logosofía, están identificadas con las normas de una ética elevada, acorde con su naturaleza, cuya orientación coincide con la vía de conocimientos que en el orden superior cultiva el logósofo. Dichas leyes establecen una nueva relación de causas y efectos que permite comprender sin dificultades el amplio panorama de la existencia humana, al tiempo que orientan y prescriben normas de conducta para cubrir las sucesivas etapas del perfeccionamiento.

Convengamos en que las leyes de la Creación son aun escasamente conocidas por la humanidad, pues siendo ellas abogados y jueces a la vez, la mayoría ignora cómo actúan y cómo dictan sus sentencias cuando juzgan. Ignorándolo, mal puede el hombre conocer los hechos de su vida interna, capaces de sobrepasar, toda vez que una ley se pronuncia en armonía con las demás leyes, sus más fantásticas lucubraciones.

Cuando la Logosofía ilustra al hombre sobre el mecanismo de las leyes universales, le permite ajustar su vida a la realidad que éstas determinan y liberarse del vacío y la opresión moral causados por su desconocimiento. Comienza a dominar así el campo más inmediato donde actúan esas leyes, que es precisamente el que ocupa cada ser, la propia vida, la vida del ser humano, y, por derivación del saber que acumula, aprende también que, en el universo, todo se realiza mediante procesos.

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El Conocimiento de Sí Mismo

La Logosofía enseña cómo conocerse a sí mismo, con método, con sabiduría. No es una teoría más: es el hombre internándose en sí mismo y descubriendo la vida superior, su mundo interno, sus deficiencias psicológicas, sus pensamientos, su espíritu, Dios y Sus Leyes Universales.

Son muchos los que pretendieron conocerse a sí mismos y que idealizaron fórmulas con ese objetivo; pero, después de andar un trecho, tuvieron que admitir su fracaso. Conocerse a sí mismo es una tarea inconmensurable pero posible; es el hombre frente a su propia incógnita, queriendo penetrar en ella. El asunto es de tal importancia, que, conociéndose a sí mismo, esto es, explorando su mundo interno y descubriendo las maravillas que en él existen, el hombre se habilita a conocer a su Creador; pero esto será de acuerdo con su avance en dirección a la conquista de ese gran y trascendente desideratum. Partiendo de los primeros ensayos, el método logosófico guía al ser a conocer más a fondo su propia mente en la totalidad de su complejo funcionamiento.

He ahí el principio del conocimiento de sí mismo; mas habrá que ir aún en pos de otro aspecto importantísimo de esa investigación: el conocimiento de las propias deficiencias psicológicas que obstruyen o dificultan con su presencia la evolución consciente.

Tenemos, pues, que la Logosofía invita al hombre a realizar un estudio pleno de su psicología: su carácter, sus tendencias, sus pensamientos, sus cualidades, sus deficiencias y todo cuanto directa o indirectamente entra en el juego de sus facultades mentales y contempla los estados de su espíritu. El método logosófico consiste en eso, precisamente: en guiar al ser hacia una nueva y sólida conducta en cuanto al tratamiento de sí mismo.

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El Sistema Mental

El sistema mental, integrado por la mente superior y la inferior, es la prueba más palpable de la genial creación de la estructura psicológica humana. Su realidad se pone de manifiesto no bien los conocimientos logosóficos descubren su existencia. La evolución consciente debe su realidad a la efectividad de ese maravilloso sistema.

La ciencia logosófica otorga a la mente humana jerarquía, al presentarla en una concepción que la eleva a la categoría de sistema. Ese sistema está configurado por dos mentes: la superior y la inferior, ambas de igual constitución, pero diferentes en su funcionamiento y en sus prerrogativas. La primera tiene posibilidades ilimitadas y está reservada al espíritu, que usa de ella al despertar la conciencia a la realidad que la conecta con el mundo trascendente o metafísico. El destino de la segunda es la atención de las necesidades de orden material del ente físico o alma, y en sus actividades puede intervenir la conciencia.

A medida que las actividades de la inteligencia se organizan dentro de la mente inferior respondiendo a las directivas del método logosófico, las facultades de la mente superior, abandonando su inmovilidad, inician gradualmente sus funciones, con lo cual se enlazan las actividades de ambas mentes; vale decir que al producirse el contacto de las facultades inferiores, adiestradas en las disciplinas del conocimiento trascendente, con las facultades superiores, activadas por el avance consciente, se establece la coordinación armónica de los movimientos que articulan el mecanismo de las dos mentes.

La inteligencia de la mente común, al asimilar los conocimientos logosóficos con los cuales va integrándose la conciencia individual, extiende los límites de sus posibilidades hasta tomar contacto con la esfera de la mente superior, que amplía a su vez el volumen de su capacidad creadora y cognoscitiva tanto como lo permite la evolución que el ser va realizando.

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La Redención de Sí Mismo

La ley de evolución permite que el hombre reconstruya su vida a través de un verdadero proceso de evolución consciente, redimiéndose de sus errores y faltas, lo que lo convierte en redentor de sí mismo. Cada falta o error cometido lo transforman en un deudor moral. El bien realizado con conciencia es un bien moral.

Habiendo sido el hombre equipado con el admirable sistema mental y los no menos importantes sistemas sensible e instintivo, que le permiten actuar libremente en dos inmensos mundos, el físico y el metafísico, lógico es admitir que a esas prerrogativas tan bellas y trascendentes que conforman el gran arcano de la vida, se agregue también la de redimir su alma de todos los desaciertos y faltas cometidas, hecho que convierte al hombre en verdadero redentor de sí mismo.

La Logosofía ha demostrado con fundamentos irrebatibles que es en la mente donde reside el mal que el hombre se hace a sí mismo y a sus semejantes. La ignorancia juega preponderante y decisivo papel en la afirmación que acabamos de formular. En su penumbra se generan desde los pensamientos más inofensivos hasta las más negras ideas. Al mal, promotor de todos los errores y faltas en que el hombre incurres y causante a la vez de la desdicha humana, es necesario combatirlo de la única manera posible: eliminando las causas que dan lugar a su existencia. Esto no es fácil, pero tampoco imposible.

Para que la propia redención sea un hecho, es esencial comenzar por no cometer más faltas; no acumular más culpas o deudas. Ese es el primer paso; mas surgirá la pregunta: ¿Qué hacer con lo ya consumado? Cada falta tiene su volumen y sus consecuencias inevitables. No perdamos tiempo en lamentaciones ni seamos ingenuos creyendo que existen medios fáciles de saldarlas.

Las leyes no se infringen impunemente; cometiéndose faltas y después pretendiendo librarse de ellas. Pero el hombre puede sí, redimir gradualmente sus culpas mediante el bien que representa para sí la realización rigurosa de un proceso que le perfeccione. Si ese bien es extendido a los semejantes – cuantos más mejor -, se asegurará el descargo de la deuda, con la condición de no incidir en nuevas faltas.

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Herencia de Si Mesmo

Cada individuo habrá de encontrar dentro de sí el caudal hereditario que ha ido formando a través de sus propias generaciones. Lo descubrirá, por ejemplo, al sentir una marcada vocación por determinada ciencia, arte o industria. La facilidad que encuentre al encarar estudios y las ideas que auxilien su comprensión mientras se encamina hacia el pleno dominio del conocimiento a que aspira, serán demostraciones claras de que en ello obra la herencia de sí mismo.

Cada uno es lo que es, conforme lo ha querido, y —salvo los casos en que aparecen males irreparables— será aquello que se proponga ser, mas por la única vía posible: el conocimiento.

Los bienes del conocimiento no pueden ser heredados por la ignorancia. De ahí que sea necesario activar el campo de las propias posibilidades, para que la herencia se manifieste allí donde se le ofrezca la oportunidad de hacerlo.

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